
Esta es la leyenda de la "Cueva de Gancios", situada en Espines de Foz. Esta historia fue rescatada de un antiguo programa de fiestas de 1958, que contiene curiosos documentos que transcribiremos poco a poco en este "Periódico de Riosa".
Comienza así:
En el lugar que hoy ocupa el pueblo de Muñón Cimeru, en el concejo de Lena, se erigía entonces un rico e importante poblado musulmán.
Era gobernador de éste Omar Ben Adsíli -El Cruel-, apodado así por sus bajos y ruines instintos criminales.
Grande fue el espanto de este descendiente de Mahoma, cuando un día penetran en su campamento un grupo de andrajosos y extenuados soldados de Munuza, y le anuncian la noticia de la terrible derrota sufrida.
Más que la seguridad de su persona, a Bem Adsíli, le preocupaban sus fabulosos tesoros que encierra en un pesado arcón, y que son fruto de sus desmanes y vandalismo por las desoladas tierras de Andalucía y Castilla.
En las estribaciones del Aramo, en el lugar conocido El Calear, del concejo de Riosa, fue descubierta por los exploradores del cruel Adsíli, una extraña y misteriosa cueva que, después de penetrar en ella por un pequeño y reducido agujero cubierto de altas malezas, concluía en un pozo oscuro y tenebroso, cuya salida, a mi juicio, debió de comunicar en otros tiempos con el valle, y por lo tanto su altura se puede precisar de ciento cincuenta a doscientos metros.
Enterado Bem Adsíli de este hallazgo, mandó transportar sus tesoros a esta cueva, conocida en nuestros días como cueva de "Gancios".
Después de mil trabajos de tejer y preparar largas cuerdas, lograron al fin descender a la cueva, la cual concluía, según la leyenda, en un espacioso y amplio recinto de altas bóvedas de las que pendían gigantescas y magníficas estalactitas.
Allí fue colocado el pesado cofre que encerraba tan fabulosas riquezas, y a su lado instaló Bem Adsíli otro exáctamente igual en el que encerró una gran serpiente encantada.
En la misma cueva, mandó construir una gigantesca estatua fabricada de lingotes de oro puro y fue colocada ante el arcón el tesoro.
Dicha estatua representaba un Hércules que esgrimía una pesada maza, también de oro, y estaba situada ante un resorte que ocultaba una losa de piedra, de tal forma que, al que lograra penetrar hasta la terminación de la cueva, al poner sus pies sobre la losa, el resorte impulsaba los levantados brazos del gigante, el cual de un solo golpe, aplastaba al intruso.
Estas fueron las medidas que tomó Bem Adsíli para guardar sus riquezas y allí, en las profundidades de la tenebrosa cueva de "Gancios", dejó dos temibles guardianes: la monstruosa serpiente encantada y el gigante de oro.
Para que no revelaran su secreto a nadie, el cruel Bem Adsíli, abandonó furtivamente la cueva y cortando las escalas de cuerda, dejó sepultados en ella para siempre a los infelices esclavos que efectuaron los trabajos y el transporte de sus tesoros.
La segunda parte de sus proyectos salió fallida, pues su retirada a Castilla se vió cortada una noche por un destacamento cristiano que, aunque inferior en número, cayó inesperada y osadamente sobre el campamento musulmán.
La lucha fue terrible y duró hasta los primeros albores de la mañana.
Omar Bem Adsíli, que en vergonzosa huida abandonó la lucha, viéndose acorralado, mata a su caballo de un solo golpe de gumia y se interna en la cueva de Gancios donde desaparece.
Los soldados cristianos con su jefe a al cabeza, saltan de sus monturas y espada en mano continúan su persecución penetrando en la oscura y tenebrosa cueva. La galería termina en un negro agujero, y ante él se detienen silenciosos y aterrados, sin hallar rastro del cruel Bem Adsíli. De pronto, el tétrico silencio es interrumpido por grandes alaridos y fuertes golpes, que subiendo de lo más profundo de aquel pozo, se pierden entre las concavidades de la roca. Un grito de agonía se oye después, y luego se hace un silencio de muerte...
Sobrecogidos de temor, el capitán Aprigio y su tropa abandonan precipitadamente la cueva y a uña de caballo dejan aquel lugar que ellos califican de maldito.
Los años fueron sucediendo y con ellos las generaciones, y esta interesante y legendaria leyenda de la cueva de "Gancios", siguió subsistiendo hasta llegar a nuestros días.
Ya, bien por codicia de hallar los fabulosos tesoros de Omar Bem Adsíli, o por amor a la aventura, se intentó varias veces bajar hasta el final de la Cueva y nadie pudo lograrlo.
Se dice que hace ciento veintisiete años dos fuertes muchachos apostaron con unos amigos que traerían el arcón con el oro. Para ello partieron un día con un caballo en el que transportaban largas cuerdas y demás cosas necesarias para el descenso.
Tres días después y en el lugar llamado Rioseco, fué hallado el caballo abandonado, y de sus dueños jamás se volvió a saber nada.
Un viejo pastor de Riosa nos dice también, que siendo él niño, varios mocetones de Muñón llegaron un día a la Cueva y se dispusieron a bajar. El más decidido de ellos fue amarrado y poco después desaparecía por el negro agujero llevando como linterna un leño ardiendo.
Como sintieran varias tensiones en la cuerda, en señal que tenían convenida, subieron inmediatamente a su compañero, el cual apareció desencajado y aterrado.
-¿Qué viste?- Le preguntaron todos alarmados.
Con voz ronca y extraña les responde:
-¡Para mí he visto bastante!...
Fueron las únicas palabras que pronunció, pues según nos dice el pastor, aquel mocetón cayó de bruces y, cuando corrieron a auxiliarle, estaba muerto.
Todos estos hechos fueron aumentando más aún el temor hacia la misteriosa cueva de "Gancios", y las buenas gentes de aquellos contornos la miran hoy con cierto miedo y respeto, pues temen despertar la ira del gigante guardián si se acercan a ella.





